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Del amor y el desamor

Mi esposa podría ser mi hija

        Habíamos cumplido veinte años de casados cuando nuestro matrimonio llegó a su fin. Procreamos dos varones. Juré no enamorarme jamás. Trabajaba en la Iglesia Católica como laico. Era coordinador parroquial y director espiritual de los jóvenes hispanos adultos de ambos sexos. Veinte años fui voluntario y diez asalariado.

         Cuando me casé la primera vez me seleccionaron para el ministerio sacerdotal. La comunidad me acogió con el corazón y yo les regalé el mío. El ministerio más bello fue trabajar con jóvenes, en los “Grupos de Vida”. El número de ellos creció hasta trescientos. En un Retiro Espiritual una joven se me acercó para pedir un consejo. Sentí maripositas. No era posible, de modo que dejé libres las mariposas. Me apliqué a los roles culturales y religiosos; consideraba imposible enamorarme de una joven a la que le doblaba la edad.

         Dos años después, por el exceso de trabajo, mi salud entró en crisis. Me enviaron al hospital para una endoscopía. Gina me preguntó si podía acompañarme al hospital.

         —Sería una felicidad si me acompañas —le dije.

         El médico sugirió extirpar el páncreas. Me enviaría al Hospital UCAL.

         Gina dijo: —No. Te llevaré con un naturista a Tijuana.

         El naturista me dio un tratamiento estricto. Gina se responsabilizó de ayudarme, convirtiéndose en mi enfermera. Regresamos varias veces al naturista. En una de ellas, sin decirnos palabra, nos declaramos el amor con un beso. Tenía miedo de confundir una pasión con el miedo a la soledad. Pedí al Señor una prueba y me la concedió. No había dudas.

         Dimos a conocer al párroco nuestra decisión. En principio aceptó pero después rechazó nuestra petición. La guerra empezaba. El pequeño grupo coordinador de jóvenes de mi confianza fue el peor juez y enemigo. El grupo se dejó manipular. El cura me puso en una disyuntiva: el trabajo o el noviazgo. Sentí una vez más la prepotencia clerical. No acepté. En forma vergonzosa y difamante fui despedido del trabajo.

         Siempre he sido fiel a mi conciencia y esta vez no sería una excepción. Contrajimos matrimonio civil y a los pocos meses fue la ceremonia religiosa. Hemos caminado por más de nueve años. Somos felices. Cuidamos nuestro amor. Un amor imposible para unos, escandaloso para otros y hasta ilegal. Qué importa, cuando nos acompaña el Nazareno. Para el amor no existen distancias ni tiempo; somos los humanos quienes levantamos barreras y envejecemos lo que es eterno.

Ernesto Sánchez, 68 años
Salt Lake City, UT, EE. UU.

 
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